3 oct. 2011

Sobre la cuerda.

La cuerda amarrada entre dos postes de luz tiembla, se tambalea con el viento, camino sobre ella con una sombrilla abierta a todo lo que da, es de noche y las adicciones del espíritu rondan entre las sombras. 

En cualquier instante se puede perder el equilibrio, en cualquier momento se quiebra la delgada membrana entre el más allá y el más acá. 

Sí, están transcurriendo esas horas, justo esas horas en que no hay más que lo que no está; horas en las qué los segundos se ven transcurrir a través de lentes convexos, son minutos en que el holograma de los sueños se confunde con la imagen fantasmagórica de la vida.

El ser se inquieta, se aceleran los latidos rojos, los por qués se desvanecen como se desvanece el dibujo realizado sobre el vidrio empañado. Un paso más y la cuerda sigue temblando, aumento mi momento de inercia para no caer, los pensamientos siguen y siguen dando vueltas, provocan una fuerza centrífuga que apunta al centro del alma, allí se encuentran monstruos y espadachines dispuestos a militar para revolucionar la circulación de la sangre que viaja por venas y arterias ardientes.

No, no se puede saber qué es real, la irrealidad suena ahora tan lógica y coherente que resulta imposible probar su inexistencia, no hay algoritmo que ayude a descifrarle, no hay palabras que expliquen lo que no se puede ver, no hay nada.

Tan solo queda el seguir navegando sobre alguna balsa y dejarse ir a la deriva existencial, sobre la sustancia etérea del mundo. No queda más, se acaban las contradicciones y se agotan las explicaciones. 

El viento ha dejado de soplar y aún nadie se ha caído de la cuerda floja, pero es que ya no hay cuerda ni sombrilla. Al parecer, en la nada ya no hay nadie que caiga.